El llegaba repentinamente y quería hacer su voluntad.
Su sola y única voluntad.
Era el señor de la palabra y el desprecio.
La niña moría de miedo,
ese hombre le daba dolor de panza.
Día tras día fue agregando capa sobre capa, haciendo su piel más gruesa, más gruesa; tapando sus oídos, pegando telas sobre sus ojos.
Hasta que no hubo más qué hacer
y partió …
lejos.
Años tardó en volver a tener su propia piel,
fina;
en dejar sus oídos abiertos,
sin temor al grito
y en poder ver,
tranquila,
lo que había para ver.
En ese tiempo y cada tanto, la niña volvió a encontrarse con hombres
que le hacían doler la panza,
… pero eso fue pasando cada vez más esporádicamente.
Cuando él estuvo cerca del final, la niña que había en la mujer decidió volver a acercarse.
Quería comprobar si estaba todo igual,
o acaso, algo había cambiado.
Si,
algo había cambiado…
él estaba anciano, débil.
Tenía miedo y cada tanto le dolía la panza.
En sus últimos momentos, la niña quiso hacerle un regalo,
lo tomó de la mano
y apoyada en la fina piel de sus pies lo ayudó a cruzar el umbral.
La niña
recuerda cómo él se aferraba a ella mientras cruzaban.
Luego,
la niña volvió, curada ya,