lunes, 26 de noviembre de 2012

Legados -VII-



El llegaba repentinamente y quería hacer su voluntad.
Su sola y única voluntad.
 Era el señor de la palabra y el desprecio.

La niña moría de miedo,
ese hombre le daba dolor de panza.

Día tras día fue agregando capa sobre capa, haciendo su piel más gruesa, más gruesa;  tapando sus oídos, pegando telas sobre sus ojos.
Hasta que no hubo más qué hacer
 y partió …
lejos.
Años tardó en volver a tener su propia piel,
fina;
 en dejar sus oídos abiertos,
sin temor al grito
y en poder ver,
tranquila,
 lo que había para ver.

En ese tiempo y cada tanto, la niña  volvió a encontrarse con hombres
 que le hacían doler la panza,
… pero eso fue pasando cada vez más esporádicamente.

Cuando él estuvo cerca del final, la niña que había en la mujer decidió volver a acercarse.
 Quería comprobar si estaba todo igual,
o acaso, algo había cambiado.

Si,
algo había cambiado…
él estaba anciano, débil.
Tenía miedo y cada tanto le dolía la panza.

En sus últimos momentos, la niña quiso hacerle un regalo,
 lo tomó de la mano
y apoyada en la fina piel de sus pies lo ayudó a cruzar el umbral.

La niña
recuerda cómo él se aferraba a ella mientras cruzaban.
Luego,
la niña volvió, curada ya,
definitivamente.

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